phoenixgfawkes: (Good Omens: Mercy From Hell)
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Parte 1/2




viii.

Café Musain

La metralla se había acallado. El primer ataque fue repelido por los insurgentes, pero no temió. Confiaba en la superioridad, tanto en número como en armamento, de la guardia nacional y del ejército. La rebelión no podía triunfar.

Escuchó voces agitadas del otro lado de la puerta, imposible distinguir las palabras a tanta distancia. El tiempo se le hacía interminable, todos sus músculos se encontraban doloridos después de pasar buena parte de la noche atado a un poste y su garganta ardía con la sed. Lo primero que hizo cuando el líder de los rebeldes se le acercó para ver si precisaba algo fue preguntarle cuándo lo matarían. Si la muerte tenía que llegarle antes del amanecer, prefería que lo hiciera de una buena vez.

Por supuesto, los insurgentes debían cuidar cada preciosa bala y no podrían matarlo hasta que se hubiese decidido ya el destino del enfrentamiento. Al menos, accedió a darle de beber cuando Javert se lo pidió. El joven – porque a pesar de ser claramente el líder del grupo, era uno de los más jóvenes – no le mostraba el respeto de llamarlo de usted. Pero aunque fuese un traidor a la Corona, un rebelde y por ende un criminal, Javert no podía tratarlo de tú. Algo en su porte y su mirada penetrante impelía al trato de usted.

Pero eso no le impidió reclamarle que lo hubiese dejado toda la noche atado un poste, cuando bien podía amarrarlo a la mesa en una posición mucho menos tortuosa. El joven reflexionó un momento antes de acceder, y llamó a cuatro fornidos rebeldes para la tarea, mientras él vigilaba con atención, una mano sobre su carabina. Javert no se resistió: habría sido fútil.

Sintió un cosquilleo en la nuca, la sensación de saberse vigilado; podría haberlo descartado de no haber sido por la larga sombra que se proyectaba sobre él y que no pertenecía a ninguno de los hombres que lo estaban amarrando a la mesa. Logró girar la cabeza sin provocar que le pegasen un tiro, y allí vio la figura de un hombre en mangas de camisa recargado contra el dintel de la puerta. Sus cabellos eran más blancos que grises ahora; su rostro lucía más arrugas, visibles aún a la tenue luz de un candelabro.

Lo habría reconocido en cualquier parte.

—Es natural —declaró en tono monocorde, apartando la mirada del ex convicto con altivez. No le daría el mérito de una mayor reacción por su parte y de todos modos, no podía decir que se sintiese sorprendido. En cierto modo perverso, tenía hasta sentido que el último rostro familiar que viera antes de morir fuera el de Jean Valjean.


ix.

Rue Mondetour

Estaba invadido por una extraña calma. Nunca fue un hombre caracterizado por sus emociones violentas; encaminarse hacia su propia muerte, empero, podría haber hecho tambalear un temple de acero. Pero no había histeria, ni miedo, ni angustia: sólo una especie de amarga satisfacción. Quizá los mártires de antaño habían caminado hacia la fosa de los leones con el mismo paso seguro; quizá la idea del cumplimiento del deber hasta las últimas consecuencias era el único sostén que precisaba.

No le mintió al líder de los insurrectos cuando le dijo que le parecía justo que fuese aquel hombre quien lo matase, tal y como se lo había pedido. ¿Cuánto tiempo de su vida había invertido en perseguir a Jean Valjean de un modo u otro? Quizá hasta los criminales tenían derecho a cierto tipo de venganza.

La impasibilidad de Javert no menguó cuando sacó un cuchillo. Por cierto, sería mucho más apropiado: había algo terriblemente impersonal en un disparo a distancia. Cualquiera de los otros insurgentes habría podido hacer lo mismo.

Javert no era un hombre inclinado a las emociones violentas. Poseía un centro de granito difícil de conmocionar. Cuando Valjean cortó la soga que lo amarraba, sin embargo, se quedó petrificado, mirándolo sin comprender.

Eres libre.

¿Lo era, realmente? Si se marchaba ahora y dejaba a Jean Valjean atrás para enfrentarse a una muerte casi segura en aquella barricada, si permitía que aquel criminal le salvase la vida, ¿sería libre alguna vez de su fantasma?

Sus pasos se frenaron en seco en la boca del callejón y se volvió para gritarle:

—Me fastidias. Mejor sería que me mates.

Vete.

Y una bala rebotó contra la pared del callejón, su estruendo resonando en las calles desiertas. Javert se marchó, una parte de él convencido de que sería la última vez que vería a aquel hombre. La otra no dejaba de repetirse para sus adentros: Rue Homme-Armé, nº7, seguro que aquella historia no podría acabarse allí.

Si alguien podía rehuir un destino que parecía sellado por la Parca, ése era Jean Valjean.

No podría haberse respondido a sí mismo si lo pensaba con resignación o fe.


x.

Puente de Notre-Dame

Javert contempló el remolino que formaban bajo sus pies las aguas del Sena, el lago cuadrado que formaban los dos puentes y los dos muelles se había consolidado como el punto más mortífero de todo el río. Nunca se había detenido a pensar demasiado en ello y ahora tampoco lo hacía. Pensaba, en cambio, en rue Mondetour y cómo había salido de allí, primero a paso lento, dubitativo, como si esperase el tiro de gracia por la espalda. Luego aceleró el paso cuando recordó su deber: aún estaba a tiempo de llegar hasta la prefectura e informar de todo lo que había visto y oído esa noche en la barricada. No se preguntó si haría una diferencia, cuando los insurrectos ya se hallaban con un paso en el sepulcro: eran las órdenes que había recibido y hasta el último momento se aferraría a ellas.

El prefecto en persona recibió su informe, dictó a otros sus órdenes y a él lo envió a la ribera izquierda del Sena, un poco más allá del puente de los Inválidos. Aun en medio de los acontecimientos políticos más trascendentales, el crimen corriente continuaba y florecía, y era tarea de Javert atrapar al sospechoso de una serie de robos que se ocultaba en aquellos parajes.

Siguiendo los pasos del ladrón, volvió a meterse en el rol familiar del perseguidor, y ahora que llevaba de vuelta su uniforme, se sentía más como el policía que era. La noche anterior parecía desdibujarse con la luz grisácea del amanecer y también lo hacían sus dudas.

Al llegar cerca de la boca de las cloacas, el ladrón pareció desvanecerse en el aire. Javert probó la reja pero no cedió, posiblemente estuviera trabada desde adentro. No quedaba más que esperar y así lo hizo, con su paciencia imperturbable.

Su paciencia no tuvo la recompensa esperada.

En lugar del ladrón que con toda seguridad se había colado por allí, salió de la cloaca una figura encorvada, cubierta de lodo e inmundicia, que llevaba a otra sobre los hombros y luego la apoyaba en el suelo. Javert lo contemplaba desde lo alto del terraplén, con una curiosidad que no se reflejaba en su rostro de piedra. Aun con todos sus años de servicio, ciertas cosas podían seguir resultándole peculiares.

El hombre – al cabo de un momento, llegó a la conclusión que eso era – levantó la vista y sus ojos se clavaron en los suyos. Un estremecimiento inexplicable recorrió a Javert. Alzó la porra, preparándose para asestar el golpe. La figura no se inmutó.

—Javert, soy yo.

Aquella voz…

No podía ser. Lo había dejado en la barricada, debía haber muerto allí con todos los demás. Hizo la porra a un lado e ignoró la inmundicia al agarrarlo con fuerza por los hombros para acercarlo hacia sí. Sí, él conocía aquellos ojos y la mirada testaruda en ellos.

Maldita sea, tendría que haberse muerto. O haberse desvanecido en el aire como tantas otras veces en el pasado. En cualquier caso no tendría que haber estado allí antes sus ojos, una aparición infernal convocada para atormentarlo.

Tantos años persiguiendo a Jean Valjean y en ese momento lo que más deseaba era que desapareciera de su vista para siempre.

Con la misma terquedad de sus días como alcalde defendiendo a los pobres, le pidió que le dejara llevar a aquel muchacho hasta la casa de su abuelo y le dio su palabra que se entregaría luego. Años, siglos atrás, le rogó que le dejase tres días de ventaja para ir a buscar la hija de una prostituta antes de entregarse a la policía. Javert no le había creído entonces, pero…

Miró al muchacho, reconociéndolo vagamente de la barricada. Estaba muerto, con toda seguridad.

Sin decir palabra, detuvo a un cochero, a quien el uniforme inhibió de protestar por el aspecto de Valjean y el herido. Dejaron al cadáver en casa del señor Gillenormand, rue Filles-du-Cavalier, nº6. No se quedó a escuchar los gritos de angustia del anciano y los sirvientes. Cuando Valjean le preguntó si podría pasar primero por su casa antes de ir a la comisaría, Javert se limitó a darle la dirección al cochero. Una vez allí le pagó y lo despidió. Valjean pareció algo extrañado, pero no parecía dispuesto a tentar a su suerte con preguntas. Cuando le dijo que podía subir a su apartamento él solo, que Javert le esperaría en la calle, dudó.

Era natural: una vida entera le había enseñado que el inspector no era de los que cedían un solo ápice y Valjean había probado ser particularmente escurridizo a la menor oportunidad. Pero algo en el rostro impasible de Javert le debió servir de respuesta porque entró al edificio sin mirar atrás, y la puerta aún no se había cerrado antes de que el inspector se alejase a paso apretado de allí, sin mirar siquiera a dónde se dirigía.

Sus pensamientos eran un torbellino más feroz que las aguas revueltas del Sena: por primera vez en su vida, no podía comprenderse a sí mismo. La brújula que había guiado toda su vida estaba irremisiblemente rota, todos los fundamentos de su existencia habían sido resquebrajados hasta los cimientos.

Permaneció largo tiempo allí, los brazos sobre el parapeto, la mirada clavada en las aguas, sus pensamientos confusos entrechocándose entre sí. Todas las certezas de su universo habían desaparecido. Si un criminal podía hacer lo correcto, si la ley podía equivocarse, ¿qué le quedaba?

Si había estado equivocado toda su vida, si con su persecución implacable de la Justicia no había hecho más que inclinar la balanza hacia el lado equivocado, si…

Un mundo en que Jean Valjean era el héroe, ¿dónde lo dejaba a él? No podía existir en un mundo así. No había lugar para él.

La figura que se trepó al parapeto, si alguien la hubiese visto, habría presentado el rostro calmo de las estatuas de los sepulcros. No cerró los ojos al saltar: esperaba con impaciencia el frío abrazo de las aguas.


xi.

Rue Homme-Armé, nº7

No había esperado despertar.

Mucho menos en una habitación cálida, con rayos de sol filtrándose por entre las cortinas de muselina y dibujando contrastes en las flores del empapelado.

De ser el Cielo, habría sido muy prosaico y habría creído que los huesos le dolerían menos. Para ser el Infierno o incluso el Purgatorio se veía demasiado hogareño.

—¡Oh, ya se despertó! —exclamó una voz femenina, con una nota de alivio. Hizo el intento de mover el cuello para volverse hacia ella pero fue un error, a juzgar por el dolor punzante que pareció recorrerlo hasta las puntas del cabello.

—No, no, por favor no se mueva, inspector, todavía la poción no ha terminado de hacer efecto. Le daría algo más fuerte para el dolor, pero si me paso con la belladona va a ser un desastre.

La voz se acercó hasta que ante los ojos de Javert apareció el rostro de una joven de ojos y cabellos claros que lo miraba con atención. Para ser un ángel, tenía la nariz algo chata y una mancha de tinta en una mejilla.

—Tengo… sed —logró musitar, demasiado estupefacto para hacer preguntas. La muchacha se apresuró a conseguirle un vaso de agua y le dio de beber, con cuidado de no moverle demasiado la cabeza. Poco después, la neblina volvió a capturar su mente y se durmió.

*


Cuando volvió a abrir los ojos, el sol estaba más bajo, su mente más clara y el cuerpo le dolía menos. Esta vez pudo girar la cabeza en la almohada y alcanzó a ver algo de la habitación en que se encontraba. Había pocos muebles, sencillos por lo que podía ver desde su limitada perspectiva. Junto al hogar encendido estaba la muchacha sentada en un taburete. Llevaba un delantal de percal sobre un vestido que parecía caro, y estaba desmenuzando unas hierbas y arrojándolas al caldero que se calentaba en el fuego.

Un caldero.

Pestañeó mientras la muchacha tomaba frascos de distintos tamaños, vaciaba el contenido de algunos sobre una pequeña balanza de peltre a la que observaba con atención, para luego echar las cantidades necesarias al caldero. Luego sacó del bolsillo de su delantal una varita de madera y empezó a revolver la mezcla. Pareció sentir que la observaban porque se volvió a mirarlo y, lejos de mostrarse cohibida, le sonrió.

—¿Se siente mejor, inspector? Sus huesos ya deben estar casi soldados del todo.

Javert abrió la boca y la cerró, tragándose las primeras tres cosas que le vinieron a la mente. Asintió finalmente, y comprobó que el movimiento no le provocada casi dolor. La chica asintió.

—Todavía va a tener que quedarse quieto un tiempo más, hasta que estemos seguros que la poción curó cualquier herida interna, ¿sabe? ¿Desea beber más agua?

Cuando volvió a asentir le llevó un vaso de agua a los labios de nuevo, pero esta vez Javert pudo beber por sí mismo.

—Gracias, señorita…

Dejó caer el apelativo en el aire y la joven comprendió.

—¡Oh, disculpe! Con todo lo que pasó, tengo la cabeza en cualquier lado. Yo soy Cosette Fauchelevent… a mi padre ya lo conoce, por supuesto.

Por supuesto.

¿Alguna vez acabaría de conocer a aquel hombre?

—Señorita Fauchelevent. Si no le importa, ¿podría preguntarle cómo llegué aquí?

Ella frunció el ceño.

—Papá lo trajo. Dijo que usted había tenido una fea caída del puente mientras perseguía a un ladrón. Estaba muy malherido, no creo que habría sobrevivido en un hospital muggle.

Muggle. Si se podían albergar dudas, aquella palabra las despejaba todas.

—Es usted una bruja —dijo, sin inflexión alguna.

Ella lo miró y en su rostro amable apareció una veta algo más calculadora.

—Bueno, sería muy tonto de mi parte negarlo a estas alturas, ¿verdad? —Abarcó con un gesto de la mano el caldero y los demás utensilios incriminadores—. Parece estar tomándoselo con mucha mayor calma que la mayoría de la gente.

Javert consideró que encogerse de hombros suponía un esfuerzo que no valía la pena.

—Supongo que no estoy en posición de quejarme al respecto, ¿verdad?

*


En el transcurso de la tarde Javert conoció también a la criada, Toussaint, una provinciana tartamuda que parecía desprovista de curiosidad alguna. No era de extrañar que Valjean la hubiese contratado. La mujer ayudaba a la señorita Facuhelevent en todo lo que ésta le mandaba, incluso a sostener a Javert por los hombros cuando la joven lo forzó a beber un mejunje que pareció encenderle las entrañas en carne viva.

—Lo sé, lo sé, es horrible —murmuraba ella mientras seguía metiéndole aquella atrocidad por la garganta, la misma compasión enloquecedora de Valjean en su voz—. Pero cuanto antes se lo beba, antes pasará.

No tengo cinco años, por el amor de Dios… Pero el dolor pasó, también, y al cabo de un rato ya pudo sentarse en la cama con la ayuda de unas cuantas almohadas. Mientras tanto, la muchacha seguía trabajando, ya fuera echando cosas en el caldero, ya fuera moviendo su varita para enrollar en el aire largas tiras de vendas blancas. Cada tanto le dirigía alguna pregunta o comentario, pero parecía distraída y el propio Javert tenía demasiado con sus propios pensamientos como para entablar conversación, aun cuando era una oportunidad irrepetible para un interrogatorio.

Se escuchó una llave girando en la cerradura y la joven tiró al suelo el taburete con el salto para levantarse. Antes de que pudiera enderezarlo ya estaba allí Valjean en el umbral.

—¡Papá!

La chica se arrojó a los brazos del hombre, quien la rodeó con ellos y le acarició los cabellos con ternura. Javert apartó la mirada.

—El inspector ya se encuentra bastante mejor. Todavía tendrá que hacer reposo algunos días, creo, sabes que no es mi especialidad pero… bueno, hice lo mejor que pude.

—Lo sé, Cosette, y te lo agradezco de veras.

A Javert le hubiese gustado en ese momento la habilidad para desmaterializarse, pero cuando Valjean se acercó a preguntarle cómo se encontraba, le sostuvo la mirada y le respondió sin que temblase su voz. Había un millar de preguntas en su cabeza, pero por una vez en su vida optó por el tacto de no realizarlas delante de la joven, quien parecía estar vibrando en el lugar por una emoción contenida que amenazaba con sobrepasarla. Valjean también lo notó porque inmediatamente se volvió a ella y la tomó del brazo.

—He ido a la casa del señor Gillenormand y lo he visto – sí, Cosette, ya te dije que él vivía. Pero está muy mal y el médico está preocupado por la infección —. El rostro de la muchacha adquirió una palidez cadavérica y su padre se apresuró a añadir —. Tú tienes muchas más chances de hacer algo por él que todos los médicos y cirujanos franceses juntos. Hablé con su abuelo y está los bastante deses—quiero decir, está dispuesto a darte una oportunidad de ayudarlo.

Ella soltó un suspiro de alivio y algo de color retornó a sus mejillas.

—¿Podemos ir ya? Tengo todo preparado, estuve toda la tarde con las vendas y pociones porque sabía que tú lo encontrarías, papá.

—Toma tu capa y tus cosas y partiremos enseguida. Quítate el delantal —agregó, cuando la muchacha ya hubo salido corriendo por la puerta.

Se quedaron solos en la habitación, cuyo aire parecía haberse vuelto mucho más pesado.

—Así que por eso te llevaste a aquel muchacho de la barricada —comentó, porque parecía el tema menos espinoso de todos. Valjean se encogió de hombros con aire de derrota.

—Cosette lo ama. ¿Qué más podía hacer?

Antes que pudiera responder, Cosette regresó abrochándose la capa, Toussaint pisándole los talones para empezar a levantar frascos y rollos de vendas de los estantes. En un vendaval de actividad furiosa Valjean volvió a marcharse con la muchacha, dejándolo solo con un libro y la sirvienta, para atenderlo o vigilarlo, vaya uno a saber.

No que pudiera marcharse muy lejos.

*


Para cuando regresaron Valjean y la muchacha, era ya noche cerrada y Javert habría considerado seriamente arrojarse por la ventana por el aburrimiento, sino fuera porque aún le dolían todos los músculos tras su primer salto al vacío. Tuvo ocasión de recordar que jamás había disfrutado leer y sólo se obligaba a hacerlo porque consideraba parte de su deber no ser completamente inculto; y la conversación titubeante de Toussaint no era mucho más estimulante. Nunca se había alegrado tanto de ver a Valjean sin la perspectiva de poder ponerle un par de esposas en las muñecas.

La joven parecía exangüe por el agotamiento, apenas musitó un “buenas noches, que descanse bien” en su dirección antes de retirarse a descansar. Valjean llevó aparte a Toussaint para darle algunas instrucciones y la criada también salió de la habitación, dejándolos solos.

Javert tenía un millar de preguntas bulléndole en la cabeza. Valjean debió presentirlo, porque aproximó el taburete y se dejó caer en él, como esperando un interrogatorio. Había tantas cosas que necesitaba saber, pero decidió empezar por lo más acuciante:

—¿Qué hago aquí? ¿Cómo llegué? ¿Me siguió hasta el puente?

Tan preocupado estaba con su torrente de preguntas que en un primer momento ni siquiera notó que había dejado de tutearlo. Su interlocutor, si se percató, no dio señales de ello. Se frotó la frente en un gesto familiar.

—Pues, sí, lo seguí. Me había quedado preocupado.

Javert se lo quedó mirando, sin comprender.

—¿Preocupado? ¡Lo dejé en su casa! Era libre, lo dejé marchar de una vez, ¿y estaba preocupado?

—Precisamente. No era… bueno, no era propio de usted. Y su expresión… —Calló, mordiéndose el labio—. Era la expresión de alguien que va a hacer algo drástico, ¿sabe? Aunque nunca pensé… Creí que iba a hacer algo estúpido, como entregarse o pedir que lo echaran, otra vez. Evidentemente, subestimé su estupidez —concluyó con una mueca.

Javert apretó los dientes. No era estupidez, era una cuestión de honor. Había fallado, toda su vida lo había hecho, no merecía el perdón de nadie, ni siquiera el de Dios.

Pero alguien como Valjean, quien creía genuinamente que la gente podía pasar página sin importar la oscuridad en su pasado, quien siempre predicaba el perdón y la compasión por sobre la justicia y el castigo, sería incapaz de comprenderlo.

—Tuve suerte —continuó al cabo de un momento—. Si hubiese caído directamente en el remolino, nunca habría podido sacarlo de allí, pero chocó contra los pilares del puente y se quedó enganchado allí. Fue algo… complicado, y usted estaba bastante mal herido, pero en fin, aquí estamos.

Javert se lo quedó mirando boquiabierto, hasta que se dio cuenta y cerró la boca con fuerza. Sólo Valjean podía hablar tan tranquilamente de una proeza semejante, porque tuvo que haberse descolgado del puente para luego volver a treparlo sosteniendo a un hombre de considerable estatura y peso. Y eso tras pasarse una noche luchando en una barricada y sobrevivir a ella sólo para después arrastrar un cuerpo inerte por medio París a través de las alcantarillas.

Pero Jean Valjean siempre había sido capaz de lo imposible.

—¿Y por qué me trajo aquí, a su propia casa, con su familia?

Con el esfuerzo que el hombre había hecho a lo largo de los años por proteger su hogar junto a aquella muchacha, y luego traía a Javert, nada menos que su peor enemigo. Se sentía como un lobo al que un pastor distraído había dejado mezclarse con los corderos. Decidió no detenerse a pensar en qué significaba que en aquella casa de criminales y brujos hubiese empezado a considerarse a sí mismo como peligroso para otros.

—Ya le dije: estaba muy mal herido. Se había roto la clavícula y la mitad de los huesos, sangraba profusamente, no sabía si no tendría heridas internas… No creí que un hospital le fuera a ser de mucha ayuda. Necesitaría medios menos… —Dudó, quizá a causa de una vida entera dedicada al secreto, pero hasta él debía darse cuenta que no había forma de meter al gato de vuelta dentro de la bolsa—. Bueno, menos normales.

Lo miró entonces con una intensidad inusitada y Javert puso los ojos en blanco.

—No voy a arrestar a la muchacha, Valjean.

No agregó si no lo arresté a usted pero ambos lo oyeron. Un peso inconmensurable pareció librar el cuerpo de aquel hombre.

—No podría, de todos modos. Ella no ha quebrado ninguna ley, no de acuerdo con el último tratado de—

—Valjean, si me vuelve a repetir todos los incisos y los artículos que se sabe, como solía hacer en Montreuil-sur-Mer, estoy dispuesto a arrojarle la bacineta por la cabeza aunque me disloque el hombro.

Algo que no llegó a ser una sonrisa curvó las comisuras de los labios del hombre.

—Se lo dejaré pasar esta vez, inspector, porque sé que está convaleciente.

Javert resopló pero no lo contradijo. Incluso estar sentado mucho rato se le dificultaba. Debía resultar evidente, porque Valjean acabó por desearle las buenas noches. Al llegar al umbral se detuvo un momento.

—Cosette dice que le llevará algunos días aún recuperarse del todo. Procuraremos que esté tan cómodo como sea posible, inspector.

Y lo dejó solo con sus pensamientos, enfrascado una vez más en el enigma irresoluble que era Jean Valjean hasta que lo venció el sueño.

*


Alcanzaron una especie de rutina. Por las mañanas, la señorita Fauchelevent le preguntaba cómo se sentía y en base a sus respuestas le daba a beber tal o cual mejunje; a Dios gracias ninguno tan espantoso como el del primer día. Aunque solícita y deseosa de ayudar, era evidente que la joven aguardaba con impaciencia la hora para marcharse a rue Filles-du-Cavalier para atender a su paciente predilecto. Javert no podía juzgarla por eso, pero Valjean siempre la acompañaba y los días en compañía de Toussaint se hacían muy largos, aunque el hombre le buscaba diarios y libros que creía que podrían interesarle para que se entretuviera.

Por las noches, la señorita Fauchelevent procuraba entretenerlo narrándole su día o hablándole de su tema favorito, el señor Marius Pontmercy. Su infección era lo bastante grave para que aun los métodos mágicos no fueran efectivos de inmediato. Javert la escuchaba en silencio porque tampoco tenía nada mejor que hacer y era evidente que para ella era un alivio: ya debía haber agotado el tema hasta el hartazgo con Valjean y Toussaint.

Sorpresivamente Valjean también parecía interesado en pasar parte de su día junto a su lecho, preguntándole sobre sus lecturas. Se parecía sospechosamente a que le estuviese tomando la lección y era difícil encontrar un tema de conversación poco espinoso cuando casi de lo único que hablaban los periódicos era de la persecución de los traidores a la Corona que habían sobrevivido al 6 de junio. Se había decretado que cualquiera que tuviese heridas sospechosas debía ser denunciado, pero afortunadamente para el joven Pontmercy, sus médicos parecían dispuestos a ignorar tal decreto.

Él mismo debería haber estado allí fuera, tras la pista de los traidores, pero en ese momento se le hacía una realidad muy lejana.

La situación se le hizo más tolerable cuando pudo levantarse y empezar a andar por el apartamento con ayuda de un bastón, sus músculos recomponiéndose lentamente. También Valjean pareció cobrarle cierta confianza al señor Gillenormand, la suficiente para ser capaz de dejar a Cosette sola en su casa por un rato y volverse más temprano a rue Homme-Armé. A veces, cuando hablaban de las noticias en los periódicos no podían evitar caer en las antiguas discusiones de sus días de Montreuil-sur-Mer sobre derechos de los desposeídos y responsabilidades del Estado. Javert seguía creyendo que el hombre era ridículamente ingenuo para alguien que había permanecido diecinueve años en prisión y que había conocido a gente como los Thénardiers, pero ya no sentía el mismo veneno al responderle.

Al cabo de una semana, Javert ya se sentía lo bastante recuperado para reconocerse a sí mismo que se estaba sobrepasando con su permanencia allí. Valjean nunca se lo diría, pero era un abuso de su hospitalidad. La perspectiva de regresar a la habitación que alquilaba era lúgubre, pensamiento que le tomó por sorpresa porque nunca se había preocupado por darle un toque hogareño: era un sitio donde dormir y ya. Comparado con la habitación en la que estaba, sin embargo, la suya propia le parecía una celda.

Cuando la señorita Fauchelevent lo vio preparándose para irse, se alarmó.

—Pero, inspector, ¿qué está haciendo?

—Señorita, créame que le agradezco sinceramente todo lo que ha hecho por mí. Pero ya he abusado de su hospitalidad y debo volverme a mi casa.

Si es que aún tenía una. La nota al prefecto con ciertas disposiciones que había dejado en la gendarmería antes de saltar se parecía sospechosamente a una carta de suicidio, y no creía que Valjean precisamente se hubiese acercado a la comisaría para comunicarles que vivía. Probablemente tendría que haber escrito al prefecto aclarándole que aún respiraba o al menos al casero para que no se deshiciera de sus cosas.

La muchacha se quedó momentáneamente boquiabierta, como si no se le hubiese ocurrido antes la posibilidad de que él tuviese algún hogar al que volver.

En realidad no lo tenía, pero ella no tenía modo de saberlo.

Se recuperó lo suficiente para decir:

—¡Oh, es una lástima! Me alegró mucho conocer a un amigo de papá, él está normalmente tan solo, sobre todo ahora que yo… bueno, en fin. Vendrá a visitarnos, ¿verdad? Papá no tendrá con quién hablar del código penal si no.

Siguiendo un momento de impulsividad inexplicable (pero desde la madrugada del 7 de junio, cada vez estaba más y más acostumbrado a que su propia comportamiento le resultase inexplicable), le prometió que así lo haría, si a su padre le parecía bien. Y por extraño que pudiera parecer, Valjean pareció casi aliviado con su promesa.


xii.

Prefectura de policía

El inspector Javert regresó a sus funciones, para estupefacción del prefecto quien sin embargo le dio la bienvenida: agentes así de capaces y así de desinteresados en quitarle el cargo eran difíciles de encontrar. Si su historia sobre su enfermedad y permanencia en un hospital le sonaron extrañas, no hizo preguntas incómodas al respecto.

Pronto, sin embargo, tanto el prefecto como los demás agentes de la ley notaron un cambio en Javert. Seguía siendo uno de los inspectores más competentes y dedicados a su trabajo, pero de repente tenía la preocupación inaudita porque a los prisioneros no se les tratase con crueldad excesiva, ante una denuncia se detenía a escuchar qué tenía para decir la parte acusada, era menos proclive a sacar la porra de su cinto. Las murmuraciones se propagaban por los pasillos de la prefectura, pero ninguno se atrevió a decir palabra al respecto en su presencia. Quizá su rigidez característica se hubiese suavizado un poco, no lo suficiente para perder su capacidad para intimidar aun a sus propios compañeros.

Si hubiesen escuchado que cada vez más a menudo se dejaba caer por el apartamento de un ex convicto para conversar o que paseaba con él por el Jardín del Luxemburgo cuando su hija se hallaba demasiado ocupada con su prometido, ninguno de ellos lo habría creído.

Menos que menos cuando meses más tarde, el inspector decidió abandonar la pensión donde alquilaba desde su llegada a París para mudarse a la habitación libre del apartamento en rue Homme-Armé.


xiii.

Hospital de Saint-Médard.

Chabrier era un agente de policía joven y que se reconocía a sí mismo como inexperto, por lo que no discutió cuando el inspector Javert decidió no castigar al pilluelo que se había robado un par de manzanas y en cambio, detenerse a preguntarle su edad y si vivía solo. Aunque aterrado, el niño no bajó la vista al responder que tenía siete años y que vivía debajo de un puente con su hermanito de cinco, para quien había robado las manzanas porque estaba enfermo. Historias así se escuchaban a montones todos los días y la mayoría de los policías no tenían tiempo para ellas, pero el inspector lo sorprendió una vez más al pedirle que lo llevara junto a su hermano, y luego al ordenarle a Chabrier que tomase al pequeño en brazos para llevarlo al hospital. Aunque atónito, tuvo el buen tino de no discutir.

Junto a la iglesia de Saint-Médard funcionaba una pequeña sala de hospital del mismo nombre, probablemente financiada al menos en parte por Jean Valjean, donde Cosette Fauchelevent solía ayudar ahora que su prometido se había restablecido del todo. Ella recibió a los niños, acomodó al más pequeño en una cama y le dio comida y lo que Javert estaba seguro que era una poción aunque se disimulaba en el frasco bastante bien; al más grande lo acomodó en una silla junto al lecho de su hermano, le dio algo de comer y uno de esos juguetes artesanales que el antiguo alcalde de Montreuil-Sur-Mer gustaba de obsequiarle a los niños.

Javert la observaba preparar unas hierbas en silencio hasta que en un momento, cuando se hubo asegurado que no había oídos indiscretos prestándoles atención, le comentó al pasar:

—Veo que su padre le ha enseñado bien sus artes.

—Oh, ¿los juguetes? En realidad los hace él porque intentó enseñarme, pero no soy muy ducha con ese tipo de manualidades.

Javert frunció el ceño.

—Me refería a sus conocimientos sobre hierbas.

Ella se encogió de hombros.

—Bueno, sí, de eso me enseñó algo, pero más que nada fueron las Hermanas de la Orden.

—¿Las monjas?

—No… no realmente. Es una Orden de brujas sanadoras en realidad. Ellas me enseñaron mucho de hierbas; papá sabe bastante, pero es muggle, ¿vio? Sus conocimientos son limitados. Sin ofender —agregó rápidamente con una sonrisa.

—Oh, no es ofensa en absoluto —musitó y ella se marchó a atender a los pacientes, dejándolo helado en el lugar.

El inspector no había leído Hamlet, pero ciertamente habría compartido la impresión de que el mundo se había salido de su eje.


xiv.

Jardín del Luxemburgo

—Es un idiota.

—¿Marius? Él sólo quiere hacer lo mejor para Cosette y si eso significa alejarme para siempre de ella, entonces—

—No, no Pontmercy – bueno, él también – yo hablaba de usted. No puedo creer que sea yo el que tenga que decirle esto. Usted crio a esa niña, la protegió cuando nadie más lo hubiese hecho, no sé a qué me viene a decir ahora que su presencia en su vida es algo malo para ella o cualquiera sea la estupidez que haya dicho Pontmercy.

Pontmercy, por el amor de Dios. Ese chico tenía la cabeza tan en las nubes que Javert no sabía cómo no iba por la vida llevándose puestos los árboles.

Jean Valjean frunció el ceño y reconoció las señales de un ataque de testarudez inminente.

—Si alguien supiese de mi pasado, si se hiciera público, el estigma de un padre convicto pesaría por siempre sobre Cosette—

—Yo tuve no un padre, sino dos en prisión. Nací allí. Y a mi madre la guillotinaron por bruja. Nunca lo oculté, y ya ve que mi vida no se truncó por eso.

El hombre dio un respingo al escuchar estas palabras aunque no fuesen noticia alguna para él a estas alturas. Abrió la boca y la cerró, dividido probablemente entre pedirle disculpas por su falta de tacto y espetarle un precisamente, punto a mi favor. De acuerdo, Javert estaba dispuesto a admitir que no resentía que Valjean deseara algo mejor para su hija y la burguesía a la que por matrimonio ahora pertenecía sería mucho más severa que la policía.

Irónico, pero cierto.

Cuando todo intento por razonar con Valjean falló (sus cabellos serían más blancos pero su terquedad y martirologio permanecían incólumes), Javert se marchó directamente a la casa de rue Filles-du-Cavalier para aclararle unas cuantas verdades al señor Pontmercy. El joven ya no daba un respingo cada vez que lo veía como si permanentemente se olvidase de que no, Valjean no le había pegado un tiro aquella noche en la barricada, pero seguía sin parecer demasiado cómodo en su presencia. A Javert le daba bastante igual: estaba acostumbrado y en este caso, su facilidad para intimidar le venía como anillo al dedo.

Del mismo modo en que años, siglos, atrás el señor Madeleine había ignorado su pedido de despido, Javert decidió ignorar la orden de Valjean de jamás contarle a su yerno quién exactamente le había salvado la vida aquella fatídica noche. Los ojos del abogado se abrieron como platos.

—Pero entonces ese hombre es un héroe; qué héroe, ¡un santo!

Pontmercy proseguía con el panegírico a Jean Valjean cuando Javert le dejó hablando solo. Valjean no se lo agradeció, por supuesto, pero no le retiró el saludo tampoco así que decidió considerarlo un triunfo.


xv.

Barrio de Saint-Michel

Aquella anciana seguía acomodada en el recoveco de un umbral, unos cuantos remiendos más en sus ropas, unos cuantos cabellos blancos ganándole la batalla al gris. Sus dedos artríticos recorrían el ajado mazo de cartas, sus ojos oscuros como brasas encendidas en el cielo nocturno. Instintivamente, los pilluelos y los transeúntes daban un rodeo para no pasarle demasiado cerca.

Una moneda de cinco francos cayó entonces en su falda. Nunca había visto moneda semejante y examinó al león grabado con curiosidad. Levantó la vista y sus labios se curvaron en una sonrisa desdentada.

—Gracias, inspector.

El hombre asintió en reconocimiento, la misma levita perfectamente abrochada, las mismas patillas cuidadosamente recortadas, pero una mirada muy diferente en sus ojos.

—Buenas tardes, señora.

Y se alejó por la callejuela hasta desaparecer detrás de uno de sus tantos recovecos.

April 2015

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